31 jul. 1999

5.99. IMOUZZER Y DIEZ. 31-7-1999.

Arista de Imouzzer desde Toubkal.

Toubkal, Arista Norte, Collado Norte, Arista Sur, Cima de Imouzer, Collado Norte de Toubkal, Pico Diez, Ikhibi Norte y Refugio L’Neltner.

31-07-1999.

Salida 10 h. Llegada 13:30 h.

Sol.

Fácil.

Ascensión.

Juan Castejón, Rosa Mª. Martínez y Mariano Javierre.

Croquis de Imouzerr en Toubkal. Vía en amarillo.
 
            Desde la Cima de Toubkal contemplamos especialmente la vertiente norte en la que se centra nuestro inmediato interés. El tema está bastante claro a pesar de la calima reinante.

            Son las diez cuando salimos hacia el norte descendiendo de la meseta somital hasta que ésta se convierte en la arista norte. Bajamos un par de corredores descompuestos, abrigados y bañados por el sol, y siguiendo la fácil arista alcaynzamos el Collado Norte del Toubkal. Se trata de un amplio collado en el que se inicia el enorme corredor que baja, paralelo al que hemos utilizado en el ascenso, el Ikkibi Norte, hasta el lecho en el que se asienta nuestro campo. Calculo que estará situado alrededor de los 3925 metros de altitud. 

Valle de Imlil.
 
            Siguiendo la dirección norte nos encaramamos enseguida en la fina arista, que tras salvar un par de dientes fáciles nos deposita en la cima del Pico Imouzzer a 4010 metros de altitud. Son las once menos cuarto y nos encontramos en el tercer y último cuatromil del día.

            El pico no ha tenido historia, ha sido una trepada sin importancia en la que hemos tenido que utilizar las manos fundamentalmente como apoyos de equilibrio, nada que tuviera que ver con los miedos que despertaba en Rosa las advertencias de Antonio Nalda: “tiene una trepada.” Claro que, ¿qué sería de Rosa sin ningún miedo?

Toubkal desde la Cima de Imouzzer.
 
            Se quedará respirando tranquilamente en la cima con Juan mientras yo me voy cresta adelante pues parece algo más interesante.

            Con la cámara en el bolsillo y trepando y destrepando al trote, me voy hasta otro diente un poco más individualizado que hay en una arista bastante dentada.

Las paredes de Toubkal desde la Arista de Imouzzer.
 
            Se trata de un entretenimiento con el que entro en calor. Voy a la captura de un par de fotos interesantes de la arista y de la rocosa y vertical cara norte del Toubkal.

Cima de Imouzzer.
 
            No tardo ni media hora entre la ida y la vuelta, pero aprovechando el tiempo.

Un poco de ejercicio en la Arista de Imouzzer.
 
            Son las once menos cuarto cuando iniciamos el descenso de la arista que hemos subido para alcanzar el Collado Norte del Toubkal y desde allí tomar el corredor para abajo. Pero desde la punta hemos visto un extraño destello y decidimos ir, de paso, antes de bajar; ya que desde el collado no hay que ganar casi altura y no está alejado de nuestra ruta de descenso.

Un par de bilbaínos en el Collado Norte de Imouzzer.
 
            Nuestro corredor baja en dirección noroeste y nosotros de llano nos vamos un tanto al norte en busca del objeto brillante, que no son otra cosa que los restos metálicos de un avión que se ha debido de estrellar en las proximidades de la cima, pues medio motor se encuentra justo en la pequeña y afilada cima del pico. Ha tenido que producirse el impacto unos pocos metros más abajo y con el impulso, un buen pedazo del motor se ha quedado justo en la punta. La chatarra se extiende por las dos laderas: botas, piezas metálicas, bolígrafos, casquillos de balas, etc. Se debía de tratar de un aparato mediano por la cantidad de restos que hay diseminados y concluimos con que debía de tratarse de un avión militar a juzgar por las balas y casquillos de bala que encontramos. Días después conoceríamos algo de la historia del avión del Pico Diez.

Chatarreros en el Pico Diez.

            Hago una foto a mis socios chatarreando en la punta y nos vamos para abajo, al encuentro de nuestra ruta, descubriendo más y más chatarra y realizando hallazgos “prodigiosos”. Son las doce menos veinte

Restos del avión en el Pico Diez.
 
            Delante de nosotros bajan tres que también se entretienen lo suyo con tan excepcional hallazgo.

            Ya en el camino de descenso, muy marcado por el tránsito, echamos un trago continuando luego para abajo.

Clochetons, Biiginnoussenne y Dedo  de Biiguinnoussene desde Ikhibi Norte.
 
            Desciendo tranquilamente con un ritmo que me resulta muy cómodo y Rosa se queda atrás, lo que le proporciona un pequeño aunque interesante cabreo. Dirá que bajó al trote y yo con las manos en los bolsillos.

            Alcanzaré a los que van delante. Son dos tíos con su guía y uno de ellos va mal. No son montañeros precisamente, más bien tienen el aspecto de un par de domingueros que han ido al monte a tomar el sol.

            Ya en la pedrera del resalte final, el trío se va de frente para abajo al encuentro del camino que baja del Refugio L. Neltner y yo inicio el camino que, a media ladera, nos ha de conducir a nuestra tienda.

            Nada más iniciar la media ladera me siento a esperar la llegada de mis socios.

Corredor Este al Biiguinnoussene bajando del Ikhibi Norte.
 
            ¡Vaya día de bolos que llevamos! No nos ponemos de acuerdo del todo con Juan acerca de las clases de rocas que pisamos y que a mí me parecen metamórficas tanto por los colores como por los fraccionamientos y tipo de meteorización que presentan. Además de este tipo de rocas, absolutamente generalizado, se pueden localizar muestras que presentan detalles claros de intrusismo de gran tamaño, algunas similares a las serpentinas, y en lugares puntuales aparecen claros colores calizos aunque la textura de la roca no sea demasiado caliza a mi pobre entender.

            Juntos ya y prácticamente en horizontal descubrimos el laberinto de zanjas que han hecho en busca de gravas para los refugios y a la una y media llegamos a la tienda  tras casi ocho horas de camino y 1130 metros movidos.

            Comemos como unos señores lo que no hemos comido antes y lo que añadimos incluyendo un poco de ensalada. Todo ello a la suave y tenue sombra de cierta nubosidad de escaso desarrollo que está penetrando puntualmente por el sur.

            Después de comer nos vamos a hacer nuestro aseo personal y una pequeña colada. Rosa y yo nos subimos hasta la cascada para apartarnos del follón y tomamos un baño celestial a pesar de que el agua está algo fresquilla.

            La ropa lavada tendrá tiempo suficiente para irse secando.

            A la vuelta pillamos una cascada con una pareja de españoles que ya han estado antes por aquí, al menos él.

            Luego, junto a la tienda, pongo al día las notas para las memorias y charlamos con otra pareja de españoles. Parece ser que por aquí funcionamos un poco. Los de ahora, recién llegados, son de Castellón; los de antes han subido al Toubkal y les ha costado tres horas.

            Hago un tendedero junto a la tienda pero no cuenta con la aprobación de mi esposísima. De cualquier forma se secará todo pues hace un poco de viento y la temperatura sigue siendo buena.

            A media tarde nos vamos a reconocer con Juan el corredor de entrada del Biiguinnoussene, Juan tenía ganas y a mí me apetece.

            Lo encontramos con facilidad ya que lo hemos visto claramente bajando del Toubkal; y por su orilla derecha, sin bajar hasta el transitable fondo del barranco, tomando por cualquier parte, nos subimos por encima de 300 metros y a buen ritmo, como si no hubiéramos hecho nada por la mañana. Yo me encuentro muy bien y Juan como siempre.

            Ayer Juan se fue a reconocer la parte sur del refugio, vio que el valle se alargaba sin ninguna complicación, también vió lo que era prácticamente evidente desde la tienda: el acceso a la pedrera del Toubkal y consecuentemente con lo que conocíamos, posteriormente decidíamos hacer la actividad del Toubkal en primer lugar para desde allí ver las restantes actividades y podríamos ordenarlas según nuestros particulares intereses.

Visualizado todo el corredor nos asomamos a otro paralelo que sube a un collado entre el Biiguinnoussene y el Afella perteneciente posiblemente a la parte norte de los Clochetons y que nos permite empezar a constatar que estos corredores son practicables en una gran mayoría.

            Sin más nos volvemos para abajo y ya en la pedrera, finalizado el corredor, colocamos unas citas, ya que cuando salgamos el último día será de noche y es preferible no titubear.

            Cuando llegamos al campamento nos damos cuenta que en este rato que hemos faltado se ha llenado de tiendas. Había quedado medio vacío al principio de la tarde y ahora han llegado gentes por un tubo.

            A las siete y media cenamos tranquilamente antes de que les den la cebada a los mulos. Cuando se acerca la hora del pienso, como parece ser que se retrasan un pelín los mulos comienzan a protestar relinchando y organizan un concierto fantástico contagiados unos con otros.

Les ponen un saco al cuello y ya no los oyes ni respirar. Así que, nosotros que somos sabedores del tema, cuando el más avanzado inicia el concierto, les gesticulamos a los muleros indicándoles que ya es la hora de la cena de los mulos, a lo que ellos sonríen pues algunos llevan ya coincidiendo con nosotros un par de días y con algunos nos conocemos ya.

            Ayer Rosa conectó el teléfono móvil más tarde de la hora, pero hoy lo recuerda a tiempo, de ocho a ocho y la sorpresa es fenomenal cuando suena el teléfono. Rosa no sabe qué hacer. Compró el teléfono cuando Biola se marchaba a Inglaterra  y yo creo que ni siquiera lo ha probado. Al final, con la ayuda de un vecino consigue descolgarlo definitivamente y puede hablar. Es Margarita la que llama.

            -¡Que no sé cómo funciona esto! Es lo que ha oído Margarita  entre cortes.

            Habla con Juan, nos ha debido de llamar ya varios días.

            Yo, que tengo mis teorías acerca del teléfono y la montaña, he mantenido una larga batalla con Rosa y desde luego, yo no he participado en la adquisición; pues resumiendo, la cobertura deja todavía muchísimo que desear mientas que el tema no se generalice y organice vía satélite, y además, el tiempo en la montaña no suele concordar demasiado con las inquietudes de los que permanecen en casa, y consecuentemente, pueden llegar a ser muy negativas las falsas expectativas que se crean en quienes no pueden o no quieren conocer la realidad de la montaña.

            A pesar de todo ello, me produce una enorme ilusión además de una descomunal sorpresa escuchar la llamada, y entiendo que a lo mejor pueda sacar de algún lío, pero sigo siendo, todavía, un gran escéptico y me alejo, desde luego, de ese vulgar consumismo.

            A las nueve y cuarto nos metemos en la tienda dando por bueno el último día de Julio.

Puedes ver la Continuación.

 

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