30 jul. 1992

6.92. POLLUX Y SCHWARZEE. 30-7-92.

Rocoso aspecto de la Cara Sudoeste del Pollux. 30-7-92.

Collado de los Gemelos, Arista Oeste, Cima del Pollux, Collado de la Roca Negra, Glaciar Schwarzee, Glaciar de Gorner y Rotboden.
30-07-1992.
Salida 08 h. Llegada 18:30 h.
Sol.
Dificultad media.
Ascensión.

Juan Castejón, Rosa Mª. Martínez y Mariano Javierre.


Entrada a la Pared del Pollux en la Arista Sudoeste. 30-7-92.

            El Zwillings o Collado de los Gemelos es el collado de Juan que también tiene gemelos. De reducidas dimensiones, no se utiliza como paso entre Italia y Suiza ya que deben existir alternativas mejores. La vertiente suiza es complicadísima aunque la italiana sea amable en la Cabecera del Glaciar de Verra.
            Son las ocho de la mañana del 30 de Julio de 1992 y nos vamos en dirección oeste y en suave descenso en busca de la Arista Oeste del Pollux ya que la este, en su inicio rocosa, no le gusta nada a Juan y además porque Michel Vaucher indica la oeste como la más adecuada.
            Pasamos bajo restos de pequeños aludes, contemplamos la Cara Norte del castor con sus dos zonas, la que hemos bajado nosotros y la que acoge a la vía normal y la conclusión es inmediata e inevitable: en la cima sale un potente espolón que nosotros nos hemos pasado de largo ya que desde arriba era imperceptible con la huella borrada.

El Liskam tras el Col de Zwillings. 30-7-92.

            Contorneamos el comienzo de la Arista Oeste del Pollux e iniciamos el ascenso por un tramo mixto de roca y hielo con escorrentías de agua y una buena rimaya. Enseguida tomamos la arista rocosa en la que el sol le está enmendando la página de la noche, pues la nieve queda reducida a tramos en la sombra o en repisas francas.
            Huy huellas sobre la nieve y tenemos gente arriba que hemos oído en la cresta cuando íbamos a su encuentro. Ahora en dirección este vamos progresando casi por cualquier sitio, la cresta es fácil y suave y está salpicada de trepadas sencillas que se complican un poco con los crampones puestos.
            A vueltas con la cresta encontramos descansando al sol a una montañera y justo encima de ella a sus dos compañeros que están bajando las cuerdas fijas: sorpresa, sorpresita.
            Soltamos las mochilas, nos quitamos los crampones, nos los ponemos en bandolera porque arriba hay nieve y tras echar un trago nos vamos para arriba.

La sorpresa con la Placa equipada del Pollux. 30-7-92.

            Rosa se resiste a pasar la dificultad como siempre y también como siempre va para adelante.
            Una cuerda fija ayuda en una travesía horizontal sobre una laja de 8 ó 10 metros, muy lisa y casi vertical que tiene debajo un “patio feo.” Se pasa fácilmente utilizando la cuerda como pasamanos de tracción.
            A continuación hay que tomar un estrecho corredor que es un diedro vertical con dos bloques empotrados y también equipado con una cuerda fija de 6 ó 7 metros, que permite superarlo con unos pasos medianamente atléticos.
            El bloque superior es una buena repisa pero para uno solamente. Permite contemplar el corredor orientado al este que desciende brutalmente hasta el Glaciar de Zwillings.
            Un tercer tramo de cuerdas fijas de una docena de metros nos permite franquear el último tramo de pared, también vertical y algo rugosa en su parte superior. Lo subimos con Rosa en ensamble mientras Juan asegura.
            La pared termina en un rellano nevado. Hago seguro con mi piolet y sube Juan.

Casquete Somital del Pollux tras la Virgen. 30-7-92.

            Sentados en unas rocas sobre las que hay una imagen de bronce de la Virgen, nos ponemos cómodamente los crampones al amor del sol. Nos quedan 50 metros de nieve dura que hacemos por la huella de los que nos han precedido.
            Subimos en un momento el casquete somital nevado que defiende la Cima del Pollux a 4091 metros de altitud. Son las diez de la mañana y acabamos de coronar la tercera y última cima del día, que por cierto está espléndido y tenemos prisa para terminar lo antes posible el día que estaba programado como de descanso.
            Hacemos una foto y media vuelta para abajo.

La Cara Norte del Castor que hemos bajado esta mañana. 30-7-92.

            Nos quitamos los crampones  en el mismo sitio y como ya es costumbre, bajo yo delante asegurado por Juan, luego Rosa asegurada por los dos y por último Juan con mi seguro. Conocido ya el paso lo hacemos más deprisa pero con la incomodidad de llevar crampones y piolets de malas maneras.
            Comemos unos frutos secos, echamos unos tragos de Fitoactive nuestra bebida isotónica y nos vamos al trote para abajo cruzando nos con una cordada en la que va un crío de no más de 12 años, que seguramente irán mejor informado que nosotros. Un rato después rematamos pasando la rimaya y ganamos los campos de nieve del Glaciar Superior de Verra.
            Hemos terminado aquel proyecto que barajábamos hace tres años largos. Al final hemos hecho el Castor y el Pollux pero con sendas sorpresas incorporadas. ¿Quién dijo que eran cuestas de vacas?

Pasados el Castor y el Pollux se felicitan ante la Rocia Nera. 30-7-92.

            En suave descenso nos vamos en busca del Collado de la Roccia Nera, Roca Negra, y con ella de fondo les hago una fotografía a mis socios, satisfechos vencedores de la empresa. Son las doce menos cuarto      
            La Roca Negra es una caca metamórfica que se debe escalar con permiso de las pedradas que suelta continuamente la pared. Pasamos junto a ella con prevención y nos vamos para abajo por el Glaciar Schwarzee al encuentro del Refugio Césare e Giorgio Volante que suponemos será de un calibre parecido al del Cristo Delle Vette y digo será porque no le veremos el pelo. Por lo no visto suponemos que estará en la zona oeste del collado bajo el Breithorn Occidental.
            Bajamos 200 metros en dirección norte siguiendo una clara huella por la izquierda del glaciar. Vamos pasando alguna grieta, el glaciar en esta parte es bastante llano pero sabemos que más abajo hay un potente escalón.
            Alcanzamos un punto en el glaciar en el que incomprensible e inesperadamente se pierde la huella. Atravesamos un puente de nieve y nos enfrentamos a una cascada de seracs cuya primera grieta es un paredón de más de 10 metros. Se puede pasar pero ¿qué habrá después…?
            Prudentes como los Reyes Católicos decidimos darnos la vuelta en busca de algo menos emocionante. Nos ayuda a la decisión, la comprobación  de que sobre la huella de bajada estaba la de subida y como la huella era tan clara no hemos advertido tan “insignificante” detalle.

El Pollux desde el Refugio de la Roca Negra tres años después. 27-7-95.

            Empezamos a ascender penosamente sobre una nieve blandísima en busca de superar las grietas más importantes que nos permitan alcanzar el centro del glaciar. Se nos hace eterna la subida sobre todo cuando abandonamos la huella y voy haciéndola con pena infinita: me estoy quedando sin gasolina.
            Por el collado comienzan a asomarse nubes con algo de desarrollo que nos aportan cierta inquietud.
            Alcanzado el centro del glaciar sobre los 3700 metros de altitud, nos vamos en horizontal al encuentro del Espolón Dekalbetterfluh que baja desde la Cima del Pollux en dirección norte. Creemos que allí encontraremos alguna vía que nos baje bastante para abajo; pero lo que encontramos es hielo vivo y casi de inmediato verticalidad que nos conduce a un patatar hermano del que hemos tenido que darnos la vuelta. Además, por fortuna  el lugar nos proporciona perspectiva sobre el glaciar.
            Decidimos volver un  poco sobre nuestros pasos iniciando una travesía, entre dos fuertes grietas, que nos permitirá alcanzar un espolón central del glaciar que tiene un tramo viable.
            Me he recuperado un poco y siguiendo nuestro sistema abro huella sobre nieve profunda facilitada por un pequeño descenso de nuestra trayectoria. Solamente al final un tramo cuesta arriba requerirá una pequeña dosis de coraje.
            Ya en el espolón nos vamos para abajo, algo así como unos 100 metros de nieve blanda salvando alguna grieta y sorteando enormes fosas; pero la vía se acaba, se pone vertical y se sumerge en otro caos de seracs, por lo que hemos de darnos la vuelta de nuevo.
            Paramos a comer un poco ante mi insistencia: de nuevo estoy desfallecido. Devoro unos frutos secos y bebo un poco de Fitoactive. Rosa saca unas barritas energéticas que nos regalaron para probar y las repartimos.
            Estoy convencido de que con el régimen alimenticio que soportamos en relación con el nivel de trabajo que realizamos no es suficiente y debemos comer para mantener tanto las fuerzas físicas como las morales ya que se desmoronan juntas.
            Por otra parte el cielo sigue amenazando, la hora va de corrido y estamos en medio de un suculento embarque. Retrocedemos animados por la esperanza de que al final resolvamos el problema.
            Juan retrocede hacia arriba y busca un paso en la parte alta del espolón nevado, contornea una fuerte grieta y nos espera oteando el negro horizonte; estamos en medio del Glaciar Negro, el Schwarzee.

El Pollux desde el Glaciar del Gorner. 30-7-95.

            Especulamos sobre una nueva alternativa en la parte más oriental del glaciar. La cascada pierde potencia y se reduce a un doble escalón bajo el cual la zona firme de hielo gana altura y por allí es por donde vamos a intentar alcanzar el rellano glaciar.
            Juan atraviesa un puente de hielo y nosotros decidimos bordear la enorme grieta. Cuando iniciamos los movimientos, a nuestros pies surge un crujido que nos corta la respiración. Juan contempla el derrumbe de un enorme serac que debía de estar “maduro.” Nosotros no lo vemos pues ha ocurrido en nuestra vertical.
            Disimulo como mejor puedo ante el comentario de Rosa y salimos de allí como motos, la hora así como la temperatura son, como poco, desaconsejables para el tránsito de mercaderías.
            De los dos escalones, el que parecía más fácil y corto, no tiene fondo pues es una enorme grieta. El otro transita junto a un espolón rocoso al que van a morir todas las grietas de esa zona del glaciar.
            No vemos el final pero voy para abajo asegurado por Juan. Alterno nieve con hielo junto a la roca. Busco un lugar en la roca para asegurar y nos reunimos. Rosa baja detrás como una jabalina aprovechando la huella que he abierto y Juan detrás asegurados en una fisura de la roca.
            La incorporación al segundo largo de cuerda es algo complicada, somos tres bueyes con cuerda por todas partes.
            La reunión es similar a la anterior pero sobre una repisa de hielo lo que de alguna forma facilita el inicio del tercer largo.
            Se trata de un largo curioso; atraviesa una fuerte grieta que salvaremos haciendo un buen quiebro en la trayectoria pero al final habrá que ir a ella para poder continuar.
            En su extremo salto con todo el cuidado del mundo sobre un puente de nieve que no sé cómo está y me apoyo sobre el labio inferior de la grieta. He hecho el paso colgado de mis brazos como un guiñapo; si me hubiera fallado el apoyo de los pies creo que no hubiera caído ni 10 centímetros.
            Respiro, me salgo de la grieta y bajo la roca hago seguro con el piolet tras compactar la nieve. La cuerda ha venido justa, tenemos un nudo y nos hemos salvado de tener que deshacer el largo.
            Los socios bajan detrás guiados desde abajo, no hay que abusar ni del seguro ni de la suerte.
            Nos queda un largo de cuerda corto y en horizontal que remataremos saltando la grieta que nos separa de lo que suponemos zona firme de hielo.
            Se me alegra el corazón aunque no estoy exento de cierta preocupación cuando salto la grieta y aseguro a Rosa con cuerda justa y llena de nudos. Son las tres y media, el tiempo en Italia amenaza, pero en Suiza que es a donde vamos sigue claro.

Cuatro horas se ha llevado el Schwarzeegletcher que no olvidaremos fácilmente. 30-7-92.

            Hemos metido casi cuatro horas en pasar la Cascada de Seracs del Schwarzee y todo  para bajar 300 metros de desnivel. ¡Vivir para ver! Será por algo que Schwarzee significa negro.
            Contentos como potrillos recién sueltos, por un campo de nieve bastante firme nos arrimamos al espolón rocoso Dekalbetterfluh y por la nieve de junto a la roca donde van a morir todas las grietas continuamos el descenso del glaciar al trote. Pisamos unas, pasamos otras  y bajamos hasta superar el límite de la nieve hielo y seguir sobre el tramo final de hielo negro del glaciar surcado por infinitos torrentes  de agua que se sepultan en viejas y profundas grietas.
            Daremos bastantes vueltas sorteando obstáculos pero alcanzaremos finalmente la confluencia con el Glaciar de Gorner. Son las cuatro y media. Nos quitamos los crampones y nos desencordamos mientras especulamos con lo que nos queda y la hora en la que baja el último tren pues no necesitamos volver al Refugio Monte Rosa.
            Con los pies hartos pero liberados de los crampones atravesamos el Gorner que parece un pedregal más que otra cosa. Es una experiencia difícilmente imaginable: tierra negra, piedras, arenilla, pozos y mil hilillos de agua, promontorios de hielo negro como camiones descargados en medio del glaciar, barrancos longitudinales… en medio se ha excavado uno de alrededor de 10 metros de profundidad y una treintena de ancho y que nos las vemos para atravesarlo.
            A vueltas con todo esto pasamos una hora entretenida, mejor dicho, casi hora y media. Al final atajamos rectos hacia Gornergrat sabiendo que nos espera un fuerte repecho  sobre una morrena terriblemente inestable.
            Pisamos tierra firme y ganamos altura sobre una escorrentía hasta el camino. Pronto alcanzamos pratenses y tusilago: ¡Qué alegría de jardín! A veces, que poco puede llegar a suponer tanto. Flores, olores y sudores.
            Estamos zurrados de lo lindo y el repecho nos roba el aliento ahora que hemos salido del embarque. Hemos tenido que sacar la fortaleza suficiente para imponernos a la situación, Rosa se ha portado como “una señora” y a todos nos ha ido la procesión por dentro. Pero ahora hay que olvidarlo, que no lo olvidaremos.

El inolvidable Schwarzeegletcher o Glaciar Negro. 30-7-92.

            Metemos la marcha de resistencia bajo el sol, cuento pasos como si fueran ovejitas, nos entretenemos con una marmota, echamos la vista atrás de cuando en cuando y contemplamos al frente al Cervino con su perfil menos estético.
            Doblamos frente al Rifelhorn, pasamos junto al Rifelsee y en una hora nos llegamos a Rotboden tras meternos 300 metros largos de desnivel.
            Son las seis y media y el último tren ha partido ya a pesar de nuestros esfuerzos por llegar.
            La estación está abierta, aseos, agua corriente y un pequeño refugio. Tenemos comida suficiente así que del mal el menos pues podemos pasar una noche decente aunque psicológicamente estamos frustrados.
            Rosa que tiene oído de cochín flaco dice al rato que oye un tren y efectivamente sube un tren con gente de servicio para el Complejo de Gornergrat y nos dicen que nos bajarán.
            Comemos un poco  mientras esperamos ya que no hemos comido casi nada al estar ocupados en otros menesteres, se enfrían las espaldas sudadas sin la mochila y me tumbo de espaldas sobre el asfalto  caliente de la estación.

Dispuestos a pasar la noche en Rotboden. 30-6-92.

            A las siete y cuarto baja el tren con cuatro gatos. Nos sentamos, nos relajamos y dejamos que discurra el paisaje mientras nuestras mentes campan a su albedrío: este ha sido nuestro previsto día de descanso pues contábamos a lo sumo con tres horitas de bajada del glaciar y estar sentados en el tren cuando comenzara a calentar el sol.
            La broma se ha saldado  con 1180 metros de ascenso, 1980 metros de descenso incluyendo el chollo de la Norte del Castor y cuatro horas subiendo y bajando por el Schwarzee: una burrada de considerables dimensiones o lo que es lo mismo, catorce horas a tope. ¡Vamos bien, chaval!
            En treinta y cinco minutos nos ponemos en Zermat, inmediatamente tomamos el tren a Tach y un microbús nos baja al aparcamiento al que llegamos doce minutos después. Son las ocho y cuarto de la tarde.
            Enseguida y frente al aparcamiento nos llegamos a nuestro campamento en una pista paralela a la carretera donde hay una pequeña explanada con un gran bloque errático. Entre el bloque y la montaña tenemos un lugar discreto para nosotros.
            Sacamos los bártulos del coche, nos cambiamos un poco, Rosa prepara la cena para tirarnos al verde como lobos, luego algo caliente, fruta al gusto y café con leche. Nos pilla la noche en faena.

            Recogemos un poco y nos vamos a probar las delicadezas del colchón mientras el cuerpo aguante pues no tenemos programa  para un mañana que está al caer tan pronto como caigamos nosotros en los brazos de Morfeo.

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