26 jul. 1995

2.95. CERVINO. 26-7-1995.


Arista de Hornli desde el Refugio del mismo nombre.

Estación teleférico Schwarzsee, Hirli, Refugio de Hornli, Cabaña Solvay y Arista de Hornli.
25-07-1995.
Salida 10 h. Llegada 19 h.
Mixto.
Algo difícil.
2 d.
Ascensión.

Juan Castejón, Rosa Mª. Martínez y Mariano Javierre.

Mapa del Cervino procedente de Landerskarte der Scweiz. Vía en amarillo.

            -Si quieres, descansamos hoy y volvemos mañana para arriba. Mis socios estaban dispuestos a repetir el Cervino por mí.
            -Ni hablar de eso. Contestaba mi frustración.
            El Cervino me esperaba.
          En la escalera interior de mi casa seguía y espero que siga muchos años el póster enmarcado del Cervino; bueno, tengo dos;  con su imponente e impecable Arista de Hornli. Lo contemplaba todos los días desde la esperanza cierta y gozosa de pisar algún día su cumbre  o incluso hasta en ocasiones, con la inmensa tristeza  de creer que jamás volvería.
            Sucederían muchas cosas en los dos años siguientes…
            -Me gustaría volver a fotografiar aquellas aristas del Castore y… le habían fallado las fotos de aquel año.
            -¡Ya os podéis ir solos! Yo ya he estado en el Cervino y en el Liskam y no pienso volver.
            -A mí… je, je… me gustaría volver al Cervino… ¡Quiero volver al Cervino!
            Amanece el día 25 de Julio de 2005 día de Santiago y fiesta mayor de nuestro pueblo en Tach. Son las siete de la mañana.

 Frontal del Cervino. 26-7-92.

            Desayunamos, recogemos, montamos en el coche y nos vamos al aparcamiento. Seis francos suizos por día nos va a costar la broma y eso que los suizos no tienen inflación. En tres años se ha doblado prácticamente el precio del aparcamiento. Extendemos las tiendas sobre los asientos del coche, van a tener tiempo más que suficiente para secarse.
            A las ocho y diez, previo pago de 40 francos por tres idas y vueltas de Tach a Zermatt, nos subimos al tren que en diez minutos nos deposita en Zermatt. De la estación nos echamos a la calle cargados como mulos puesto que llevamos comida para seis días.
            Hay alguna nube suelta por allí pero, de poco desarrollo no nos preocupa demasiado. Sabemos que pueden ir en aumento pero con la presión que leemos en un barómetro no hay problema.
            Nos cruzamos con unas turísticas cabras que atraviesan el pueblo en dirección contraria a la nuestra podando setos y entreteniendo a visitantes, y contemplamos al Cervino con su tocado característico desde las inmediaciones de la estación del teleférico.

El Schwarzsee tras haber dejado el depósito de materiales y alimentos.

            Zermatt se encuentra a 1620 metros de altitud. El primer teleférico, en seis minutos y medio, nos deposita  en la Estación de Furi a 1886 metros de altitud. Hacemos un trasbordo y otro teleférico nos deja a 2431 metros de altitud después de 11 minutos, estamos en Furgg. Para terminar, cambiamos de nuevo de teleférico y en cinco minutos, un tercero nos lleva a la Estación de Schwarzsee situada a 2582 metros de altitud cuando son las nueve y media. Hemos pagado 18’5 francos suizos, lo que no está demasiado mal.
            Alrededor del Schwarzsee hay demasiado tránsito, por ello, buscamos al sur del camino un lugar apartado del mismo donde dejar nuestro material de vivac y los alimentos para la actividad subsiguiente en Monte Rosa.
            Treinta metros  abajo, en un lugar por el que no pasará nadie a menos que se caiga y al amparo de una piedra que lo proteja del sol, dejamos las bolsas cubiertas con losas, no vaya ser que algún pajarraco nos haga alguna jugarreta.
            A las diez menos diez iniciamos el conocido camino que nos conducirá al Refugio de Hornli siempre en dirección sudoeste. Lo iniciamos subiendo un pequeño resalte por camino  terroso y transitadísimo, que recorre una pradera alpina algo machacada. Seguidamente se allana un poco, desaparece la pradera y progresamos por un amplio camino sobre materiales completamente meteorizados por las labores de las máquinas pisanieves de la estación de esquí. Enseguida el camino se orienta en la ladera para incorporarse Al contrafuerte rocoso del Hirli. Es el término del periplo de los paseantes

El Cervino desde la parte baja de la Arista de Hornli.

            Unas escalas y pasarelas metálicas facilitan el acceso a la parte superior de la proa rocosa y permite pasar al otro lado de la arista donde el camino se arrellana de nuevo. Luego  serpentea transitadísimo y fácil de andar por las inmediaciones de la arista en una ladera pedregosa que se alarga hasta el Refugio de Hornli a 3260 metros de altitud.
            He subido regular siendo condescendiente. No llevo peso, el día es extraordinario, el ritmo no ha sido nada del otro jueves. ¿Será posible que exista la maldición del Cervino? ¡Estaba acongojado!
            Jamás sabré que me sucedió en esa hora y media que empleamos en subir al refugio.
        Nos encontramos con dos grupos de españoles que quieren saber. Nosotros tratamos de aclararles sus dudas, comentamos proyectos además del tiempo previsto y a las doce nos vamos junto al sistema de captación de agua para comer.
            Del festín que habíamos preparado a base de fabada y carne guisada en abundancia, un poco de ensalada y unas naranjas, a duras penas lo pruebo. Me encontraba completamente hundido, mis socios lo saben y no sé qué les pasará por sus cabezas, lo que pasa por la mía mejor ni contarlo.
            Llenamos las cantimploras, escondemos la comida sobrante y la basura para recogerla a la bajada y a la una menos cuarto, atravesamos el neverillo bajo el resalte de entrada, nos encaramamos a las cuerdas fijas y nos introducimos en la pared.
            Intento consolarme mientras voy delante en la travesía del primer corredor, recordando lo mal que pasé las cuerdas la vez anterior sin luz. Esta vez no ha tenido comparación.
            El día es excelente, hace sol, vamos con tiempo y no hay personal a nuestro alrededor… y estoy volviendo a la normalidad. ¡Qué maravilla!
            Vamos hablando distendidamente y comenzamos a trepar como si camináramos por el pasillo de nuestra casa. Tan relajados debemos ir que, nadie lo advierte, me doy cuenta de que estamos avanzando fuera de la transitadísima vía y solamente se advierten algunas huellas.
            Deambulamos entre dudas, no excesivamente preocupados por el asunto y desembocamos poco después en un amplísimo corredor por el que decidimos subir renunciando a desandar nuestros pasos. Por allí remontaremos hacia la arista y recuperaremos la vía. Parece ser que se ha cumplido la posibilidad de extraviarse en la pared alejándonos un poco de la arista.

Cabaña Solvay.

            El corredor debe estar en el trayecto natural de las piedras que caen desde arriba pues las repisas están llenas de materiales finos que hay que limpiar puesto que los apoyos serían bastante inseguros y peligrosos.
            Por cualquier lugar se puede progresar y en cualquier momento se complica la progresión. Juan tira hacia la derecha del corredor y nosotros proseguimos por el centro pero al final no queda otro remedio que hacer una complicada travesía en diagonal, un poco hacia la derecha del corredor, con malísimas presas, lo que supone un gasto importante de adrenalina y de tiempo, pero que nos deposita en la parte izquierda de la cabecera del corredor que es la base de una de las torres que se eleva para accidentar más arriba la arista.
            Juan funambulea a un nivel inferior al nuestro y termina por encaramarse al borde derecho del corredor donde la roca es más firme y acaba saliendo junto a una cuerda abandonada por algún apurado que pende alrededor de 30 metros casi en el vacío.
            No nos habremos separado ni siquiera  100 metros de la vía pero es otro mundo y, desde luego, el patio que teníamos debajo era interesante: el corredor se contaba en un zócalo vertical que caía sobre el Glaciar de Furgg que, por cierto, está sembrado de mochilas.
            Hemos salido del embarque, respiramos y nos vamos hacia arriba al encuentro de la arista. Hay que ir buscando camino con frecuentes trepadas pero dentro de una tónica general asequible. Un rato más tarde de lo que esperaba pues hemos tenido que ganar bastante altura, alcanzamos la vía por la que baja gente.
            Proseguimos próximos a la arista subiendo corredores y contorneando torres que dejamos siempre a nuestra derecha. Hemos entrado en calor y agradecemos que el sol se marche a echar una pequeña siesta. Vamos a buen ritmo y yo de cine.
            El Refugio de Hornli se ha quedado allí abajo cuando pasamos junto a los restos, casi imperceptibles de un viejo refugio. La Cabaña Solvay no tiene que quedar ya muy lejos.
            La pared se pone algo más tiesa y progresamos aprovechando viras y rampas, subimos casi por cualquier parte pero próximos a la cresta.
            Enseguida se asoma la Cabaña Solvay a nuestra vista e inmediatamente un pequeño nevero de cuya parte superior arranca la Laja Mosseley. Una sirga permite progresar sin preocuparse en buscar apoyos sobre una zona muy pendiente y bastante lisa.

Las Lajas Superiores de Mosseley desde la Cabaña Solvay.

            Mientras esperamos que un par de cordadas rapelen la placa sacamos la cuerda y aseguramos un poco a Juan que sube tranquilamente. Seguidamente lo hace Rosa agarrándose airosa y sin compasión a todo lo que sobresale de la pared incluyendo algún pitón en mitad de la laja.
            Subo detrás y recomponiendo el orden enseguida paso la cuerda por una barra de hierro de la la terracilla de la Cabaña Solvay. Son casi las cuatro de la tarde y estamos a 4003 metros de altitud.
            Desencordados nos felicitamos porque de los restos del nevero adosado a la pared norte del  refugio gotea el agua y de esta manera ni habrá que descolgarse por la norte en busca de hielo ni bajar la placa Mosseley en busca de nieve.
            La cabaña está tal cual la recordábamos con la excepción de que le falta la hilera de literas de arriba.
            Los veinte minutos largos de espera en la laja nos han permitido dejar de sudar y ahora se hace enseguida fresquillo por lo que nos abrigamos. Luego echamos unos tragos,  entretenemos las mandíbulas con unos frutos secos y contemplamos desde este pináculo inigualable la pared: bajo la laja, nos muestra la Torre Roja y hacia arriba, por encima de la Laja Superior de Mosseley se ve el Hombro y el casquete somital ocupado intermitentemente por las nieblas.
            Juan se encarga convenientemente del acopio de agua. Llenamos cantimploras botellas y todo aquello que pillamos por el refugio atando cuidadosamente el recipiente de recogida de agua no fuera a ser que por cualquier circunstancia se despeñara pared abajo.       
            Nos empiltramos entre las mantas un tanto húmedas, Juan pasa el tiempo como mejor puede haciendo de samaritano con las cordadas que bajan.
            -Juan trabajando y nosotros aquí.
            -Toma, que se acueste si quiere, No te…
            -Si, ¿y el agua qué?
            -¿El agua? ¡Yo no me voy a bañar, eh!
            Recapacito y descontando la espera y el embarque hemos subido  743 metros  en dos horas y media cortas, lo que aquí no es moco de pavo.
            La tarde se hace larga a pesar de estar acompañada del sonsonete continuo de la emisora de radio. A las siete y cuarto cenamos con apetito.
            Bajan los últimos, dejan comida para un par de griegos que deben ir muy lentos bajando y que creemos pasaran la noche en la pared. Sus compañeros se pegan media hora en la laja inferior, se echan las nieblas encima, incluso nieva un poco. Yo creo que estos ni siquiera llegarán al emplazamiento del viejo refugio. Al ritmo que llevan llegar a Hornli les puede costar más de seis horas.

Cuerdas fijas desde el Hombro en la Arista de Hornli.

            Acostados sobre las ocho y cuarto entramos en calor. La noche nos va a presentar un menú variadísimo: graniza un poco, llueve y para completar el panorama se desata un ventarrón de los de agárrate y no te menees. Repetidamente se escucha el ruido de piedras que caen a vueltas por la pared. En una ocasión el chasquido es considerable. Aquí en la cresta no podía ser de otra manera, pero la cabaña resiste y al final el sueño puede con la musiquilla de la emisora y con la marcha del reloj pues nos despertamos al día 26 sobre las seis y cuarto aunque Rosa dirá que no ha pegado ojo.
            Pensamos que con esta nochecita no habrá subido nadie de Hornli pero ha debido ser un temporal altitudinal pues los primeros enseguida pasan para arriba y aquí paz y allá gloria.
            Desayunamos mientras  recibimos los primeros rayos de sol, nos encordamos y a las siete nos echamos a la pared como unos señores para estrenarnos con una trepada fuera de la vía pues la Laja Mosseley Superior está ocupada por una cordada. Y enseguida, tras un tramo fácil formado por rampas suaves, alcanzamos los casi inexistentes neveros situados bajo el hombro. Allí están las clavijas que hoy son innecesarias.
            Nos cruzamos con dos que bajan, deben ser los griegos, y alcanzamos la cresta en la parte inferior del Hombro del Cervino echando una visual al poco hielo negruzco de la cara norte pues el blanco brilla por su ausencia.
            Cresteamos el hombro a ritmo normal aunque mi chica se queja y pasamos por el lugar en el que nos quedamos hace tres años con cuidado pues la cresta se afila bastante. Enseguida nos llegamos al arranque de las cuerdas fijas que facilitan la escalada a la Tete del Cervino.
            Las cuerdas están ocupadas y hay alguna cordada esperando. Nosotros tenemos que espera también y sabiendo que arriba habrá hielo y que no es muy buen sitio para ponerlos crampones, decidimos ponérnoslos.
            Ese será nuestro error. Por una parte arriba encontraremos unos sitios estupendos para ponerlos y por otra Rosa va a tener problemas adicionales en las cuerdas debido a la dificultad de las presas sobre la roca pulida.

La Arista de Hornli desde el Hombro. 

            Siguiendo nuestro turno pasamos las primeras cuerdas fijas. Son unas maromas de entre 15 y 20 metros de lago solapadas unas con otras que facilitan el tránsito por aquí con una pendiente por encima de los 45 º pero muy aéreos.
            A continuación la pared se pone vertical y las cuerdas se hacen imprescindibles ya que la roca cuenta con la mayoría de las presas pequeñas y muy gastadas por los crampones.
            Juan por delante va asegurando a Rosa que sube sin fuerzas para doblar las rodillas, hacer presa con los crampones e izarse con la ayuda de los brazos. El panorama se completa con que hay alguna cordada que baja y con la que hay que compartir el uso de las cuerdas. Bueno, el problema real es que hay gente con más prisa y morro que educación.
            Dejamos que se cuele una cordada y cuando mis socios están escalando un tramo, tengo que enganchar a un tío de un brazo, apearlo de la cuerda y decirle con cara de pocos amigos: “tranquilo, que ahora voy yo y tú te esperas”. Lo debe entender bastante bien. En aquel momento no caí pero luego oyendo sobre el tema no me extrañaría que hubiera sido algún guía de esos que se creen dueños del Cervino
            La verdad es que las dos cuerdas centrales salvan unos pasajes verticales que suponen un auténtico suplicio para Rosa, le hago presa con las manos para los crampones, la empujo pero será ella la que tendrá que sacar las uñas para erguirse sobre las cuerdas. Al final, tiro pared abajo nuestra cortesía y a lo nuestro que es llegar a cualquier precio a las cuerdas superiores, un poco más tendidas y que nos depositan en la  Toit, Una rampa de nieve algo dura, adornada de pequeñas placas de hielo que configuran una zona este de la cara norte, ya que las cuatro caras del pico se reducen a dos.

En la Cima Suiza del Cervino. No ha sido para tanto tía.

            Poco Después, a las nueve y media de la mañana, alcanzamos la Cima del Cervino, la punta Suiza situada a 4478 metros de altitud, utilizando la huella que transita la mayor parte de la cresta somital, solamente tres años más tarde de lo previsto.
            Juan nos mira satisfecho, Rosa está un pelín desmotivada a causa de las cuerdas fijas y yo los fotografío para la posteridad en medio de una mañana espléndidamente luminosa.

Valle de Aosta desde la Cima del Cervino.

            Había soñado tantas veces con este momento, había pensado incluso en algún tipo especial de celebración, había imaginado alguna sensación íntima que supusiera un broche de oro, indeleble en el tiempo, para tan ansiado momento… Pues no señor. No es ningún sueño, estoy en la cima del Cervino o Matterhorn, “Mi Cervino”, como si estuviera en la cima de Oturia. Debo de ser ya muy mayor.

Cima Suiza del Cervino. 

            No estoy cansado, ni tenso, ni preocupado, ni contento ni alterado. Estoy frío, algo distante y relajado.
            -¡Menuda espina tenías clavada…!
            Hay gente en las dos cimas. Nosotros descendemos hacia la brecha intermedia y subimos a la Punta Italiana a 4476 metros, en la que hay instalada una cruz de hierro.

Tanteando cornisas para almorzar en la Cima Italiana del Cervino.

            La cruz y la cima están tomadas por el personal y consecuentemente nos vamos un poco más allá y nos sentamos a comer un poco y a echar unos tragos contemplando lo poco que la inclinación real de la cara norte nos permite ver y debajo los lechosos lagos del Glaciar de Zmutt, 2000 metros más bajo. También el Obergabelhorn, la Punta de Zinal y el Diente Blanco que además de las características viras nevadas no tiene demasiado de diente. Al oeste, aquí mismo, el Diente de Hernce. Al este, tras rescatar los ojos  de la imponente verticalidad con la que se inicia la cara sur, la aglomeración de cuatromiles que se inician en el Breithorn y terminan en la Nordend, conocidos como si fueran amigos de la familia. Al sur ignotos valles italianos rebosantes de nieblas de las que emergen crestas desconocidas.

La Norte del Cervino mientras almorzamos en la Cima Italiana del Cervino.

            Se nos va algo así como media hora. Se está bien aquí pero así como hemos subido tenemos que bajar. Recomponemos nuestro equipo y nos volvemos hasta la Punta Suiza.

Cima Suiza del Cervino desde la Italiana.

            Recogemos algunas piedras de la cima e iniciamos el descenso sobre la misma huella en la nieve de la subida: la mañana está estupenda pero el gorro de lana no nos molesta.

Nos la hacen a los tres en la Cima del Cervino con la Dent  Blanche.

            El descenso de la Toit va en polvo quitándonos los crampones junto a la cuerda superior y haciendo cola.

Venga, que queda la bajada y no es moco de pavo.

            Bajar las cuerdas fijas que por seguridad no se suelen hacer en ensamble al menos las más erguidas, se puede llevar alrededor de media hora pero se nos va la intemerata: además de la cola de entrada hay que ceder el paso a cordadas que suben y que nos cruzamos en las reuniones, hay que desliar cuerdas, compartir al mismo tiempo algunas con otros que suben con muchas prisas… Total que acabamos cabreados, bajando en ensamble y casi “peleándonos cuerpo a cuerpo con los enemigos” que se creen dueños de las cuerdas. ¿En esto se ha convertido la montaña? Pues esta no es la montaña que yo quiero.
            Bueno, a Juan se le caen unos encima y no lo sacan de la pared porque está sujeto a las cuerdas con “un par de cojones”.

Suelas Vibran en las Cuerdas Fijas de la Arista de Hornli.

            Rosa baja bien sin crampones, sin guantes y sin gorro pero sigue teniendo pendiente el tema de abrir las piernas, sacar el culo y mirar por entre las piernas. Le haré una foto en medio de la pared como testimonio de que la pendiente huye bajo nuestros pies.
            Alcanzado el hombro continuamos con el descenso maldiciendo como filibusteros. Bajo delante haciendo camino fácil a base de vueltas, vericuetos y jeroglíficos, que suponen pasos cortos y apoyos de manos para bajar de cara al valle la mayor parte posible del tiempo. Bajaremos tranquilamente y bien disfrutando del camino y del paisaje sin prisas, a pesar de que la hora vuela en contra de nuestro propósitos.

Bajando el Cervino debajo del Hombro.

            Los pasajes aéreos del Hombro darán paso a las rampas sin nieve adornadas de enormes barras de hierro, nos cruzaremos con gente que  sube,  y tras un destrepe de la Placa Superior de Mosseley en el que hacemos un poco de seguro llegamos a la Cabaña Solvay cuando es la una del mediodía.
            El día es espléndido, de esos que solamente entren tres o cuatro en docena. Las nieblas van haciendo su cotidiana faena en este pico y nos propician una temperatura envidiable ya que sol en los tramos abrigados pega lo suyo.
            Comemos un poco, bebemos y reorganizamos las mochilas. Los griegos ya se han llevado la comida, lo que confirma nuestra apreciación.

Placas Inferiores de Mosseley. Casi se ve Sovay.

            A las dos menos cuarto nos despedimos de Solvay y atacamos el descenso rapelando la Placa Mosseley. Esta en peligro nuestra llegada al teleférico con intención de ir a pasar la noche en las instalaciones de Kleine Matterhorn pero preferimos disfrutar lo que tenemos por lo que pueda llegar.
            Vamos reconociendo pasajes, identificando tramos, contorneando torres, cruzando viras y bajando corredores. Nos cruzamos con gente que va para arriba y que pasará la noche en la pared o en Solvay y bajamos a ratos con otros, de entre los que destaca un grupo con una jovenzuela que destrepa como los ángeles, y que da la impresión de que se conocen la pared como la palma de la mano a no ser que uno de ellos sea guía.
            Finalmente nos entretenemos con los corredores inferiores que no pasamos ayer a la subida y que nos parecen de lo más respetable, vertical y artificiosos de la pared y a las cuatro y cuarto  rapelamos el muro de salida, atravesamos el neverillo y nos desencordamos.
            Fotografío a Rosa que bebe mientras Juan recoge la cuerda, sonríen con el Cervino cargado a sus espaldas. ¿Si tendrán por que sonreír?
            Allí estaba mi Cervino y allí se iba a quedar. La escalada es monótona, la roca es mala, el esfuerzo es importante para el desnivel a superar, salvo las cuerdas fijas no tiene pasos de carácter diferencial por lo que el ascenso es un ir y venir en busca del paso más seguro, casi todo está suelto y roto, pero todo eso es secundario, accesorio. Hay que ir al Cervino pues como dice Gaston Rebufat en su obra, el Macizo de Mont Blanc, y a pesar de que la Arista de Hornli se clasifica entre las rutas fáciles, la montaña tiene tal reputación que “el alpinista que no la ha hecho no es tomado generalmente en serio.”
            No me veo yo precisamente alpinista serio por haber estado en ese maravilloso montón de piedra donde no hay nada seguro. Lo que si es cierto es que desde que Wimper, aquel 14 de Julio de 1865, lo conquistara por primera vez, el Cervino que es una de las montañas más solas, más despojada de gangas, más geométrica y más arquitectónicamente perfecta, nos llama a la mayoría de los montañeros que la conocen, con una intensidad inusitada a su reconquista, aunque realmente quien nos haya conquistado ha sido la montaña.

Neverillo de salida y entrada a la Arista de Hornli.

            Hablar del cervino es tan fácil y tan difícil a la vez… Pero si tuviera que referírsela a un escalador le diría que se trata de una montaña en la que no correrá el riesgo de olvidar su nombre mientras la escale. Si la referencia fuera para un “machaca” le diría que se trata de un durísimo y supremo paso para alcanzar el equilibrio total dentro de uno mismo. Y para cualquiera que fuera le diría simplemente: es mi montaña y será tu montaña.
            Recogemos nuestra comida y nuestra basura, hacemos algunas fotografías y nos bajamos hasta el Refugio de Hornli.
            En un momento me alargaré hasta la terraza del hotel para echarle una visual más. No me parece tan pesado como hace tres años cuando estábamos recién llegados aquí.
            Dejamos la basura en el refugio ya que no vamos a bajar al valle, echamos unos buenos tragos y aprovecho para dejar breve constancia de nuestra actividad, a la vez que rectifico convenientemente la referencia que hace tres años hicimos en el Libro del refugio.

Desde Hornli el Hirli, Schwarzsee, y la Cadena de los Mischabel desde la Lenzspitze hasta el Stralhorn.

            Son las cinco de la tarde cuando abandonamos la plataforma del refugio y tranquilamente nos vamos para abajo por un camino que resulta algo familiar ya. El teleférico se irá sin nosotros esta tarde. Nuestro problema será encontrar un lugar para pasar la noche a 2600 metros de altitud pero siempre puede resultar más fácil y cómodo que en las instalaciones del Teleférico en Kleine Matterhorn a 3820 metros de altitud que era nuestro proyecto original.
            Hago una cita de ocho piedras en la parte superior del Hirli, por si alguno se pierde. Luego bajamos las escalas metálicas con los ojos puestos en una cabañita adosada a la terminal de un arrastre de la estación de esquí. No hay que desperdiciar ninguna oportunidad.

Nuestro refugio del Cervino en una mañana impecable.

            El receptáculo en el que da vuelta el arrastre está abierto pero, ha entrado el ganado y no hay nada adecuado. Una escalera exterior conducen a una puerta. Está abierta a un reducido entrante y más adentro: la cabaña del pastor, limpia, recogida, maravillosa y toda para nosotros. ¡Bingo!
            Bajaremos a buscar nuestro depósito de material y alimentos, se nos llevará una hora y pasaremos una tarde noche de auténtico delirio. La maldición del Cervino no se ha cumplido, la montaña ha sido clemente con nosotros y nos premia de esta manera.
            Mañana será un nuevo día que comenzaremos dejando el refugio como si no lo hubiéramos pisado. Nos esperan los Breithorn y compañía.

Para ver la Continuación.

3 comentarios:

  1. ¡Hola Baldo!
    Me alegro que te haya gustado.
    Voy colgando cosas hacia atrás en el blog y le tocó al Cervino.
    A mí me dejó un recuerdo imborrable. Creo que es una montaña que a nadie le deja indiferente.
    Seguimos yendo al monte como de costumbre pero no hemos vuelto con los esquís a Tarmañones.
    Si no me avisa mi "secretaria" ni me entero de tú mensaje.
    ¡Que vaya bueno!
    Mariano.

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  2. Mariano,

    voy leyendo todas las entradas. Es como si fuesen atemporales. La encuentro todas igual de interesantes. Y muchas, originales, de las que no encuentras por ahí. De modo que mi comentario anterior es extensible a todas!!

    Espero volvamos a coincidir.

    ¡Un saludo!

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