Aparcamiento de la Besurta, Refugio de la
Renclusa, Portillón Superior Glaciar de Aneto y Paso de Mahoma.
15-08-1981.
Salida 18 h. Llegada 16:30 h.
Sol.
Fácil.
2 días.
Rosa Casas, Gabriel Miranda, Rosa Mª. Martínez y Mariano Javierre.
En 1981 no íbamos
prácticamente a la montaña y lo hacíamos excepcionalmente. Nuestra primera
fotografía en la montaña es de Junio del 77 en Bachimaña con nuestros amigos
Rosa y Gabriel. Estábamos en Sabiñánigo y alguna remota inquietud nos llevaba
de excursión. Teníamos de Santa Orosia cuando comenzábamos a mozear pero esas
no cuentan pues eran fotografías de personas y no de la montaña.
No vuelvo a tener
fotos de montaña hasta 1981, era la época en que se hacían muy pocas fotos pues
con alguna servía para el recuerdo pero de aquel día guardo media docena.
¡Joder que exceso…!
Exceso o
premonición. Aquel evento, como se dice ahora, podía ser trascendente y nos
pareció que había que documentarlo: era el Aneto.
Nosotros que
vivíamos en las puertas de la Montaña y a espaldas de ella, habíamos visto
Alpes en Suiza allá por el verano del 88. Eran otras montañas más grandes que
los Pirineos en los que habíamos realizado algunas marchas a Ibones con los
amiguetes.
Del año 81
recuerdo pocas cosas más allá de que fui portador de la Antorcha Olímpica de la
Universiada y que nos compramos una caravana: habíamos pasado de la Tienda de
Campaña a la Caravana.
Aquel verano
marchamos con la caravana a pasar unos días al Mediterráneo en Valencia. Era a
primeros de agosto y nosotros bastante activos por aquel entonces nos debimos
de cansar de tanto calor y tanta playa y sobre la marcha cambiamos la playa por
la montaña: iríamos a Benasque que yo guardaba imágenes de una guía de Cayetano
Enríquez de Salamanca que, entre otros lugares, ponderaba Senarta y de la que
bebía con frecuencia.
Volvimos a casa, compramos en Ferrer unas
chirucas para Rosa que nos parecían la leche, cambiamos de ropas y el 13 de
Agosto de viaje a Benasque paramos en Graus a visitar a José M.ª Lacoma, un
buen amigo que andaba levantando la Caja Rural en Huesca por aquel entonces. En
su oficina nos dice que el día 15 se conmemoraba el XXV Aniversario de la
colocación de la Virgen del Pilar en la Cima del Aneto, que… sube “todo el
mundo” y ponen hasta cuerdas fijas…
“Subirá mucha
gente” La frase zumba en mi cabeza mientras subimos a Benasque, aparcamos,
compramos un mapa de la Alpina y nos vamos a un bar, creo que era el Sayó, el
de las escaleras de entrada desde la calle principal, Benasque era un pueblo.
En aquella época
no había móviles pero cualquier establecimiento público que tuviera teléfono te
permitía llamar y recibir alguna llamada. Echamos un trago, llamamos a nuestros
amigos, les comentamos el tema y acordamos que en un rato nos volvían a llamar.
Poco después nos comunican que se apuntan, que llegarán al día siguiente por la
tarde y que traerán la tienda de campaña y algo de comida. Nosotros les
esperaremos en Senarta.
No teníamos ningún
problema. El glaciar no nos preocupaba en absoluto, teníamos ropa y mochilas y
como única herramienta cogí un par de ramas de boj de la Pista de Coronas y me preparé un par de palos que
utilizaríamos como bastón y no para espantar grietas.
Solamente teníamos
que esperar a que llegaran el viernes por
la tarde y lo hicieron un poco más tarde de lo acordado pues tuvieron algún
problema con el R8, pero reunidos en Senarta, hicimos recuento de pertenencias,
metimos los bártulos en el coche y nos subimos hasta el final de la pista en la
Besurta.
Aparcamos a 1900
metros de altitud, terminamos de montar las mochilas y nos subimos seguidamente
hasta el Refugio de la Renclusa con alguna duda que se resolvió fácilmente.
Buscar un lugar plano y con hierba no resultó demasiado fácil pero montamos la
tienda finalmente junto al barranco, luego cenamos, visitamos el refugio y la Capilla
de la Virgen del Pilar y caída la noche nos empiltramos. No recuerdo si
teníamos esterillas, creo que no.
A 2160 metros de
altitud en una noche cálida, cuatro en una tienda de tres, como que estábamos
algo apretujados y lo que sí recordamos es que se nos hizo mucho calor
especialmente a Gabriel, nos sobraban los sacos y resultaría complicado dormir
un poco. Aquella noche Rosa hizo el Paso de Mahoma un montón de veces, je,je…
Habíamos previsto
levantarnos cuando se hiciera de día pero lo que no sabíamos que estábamos junto
al camino de subida y claro, tanto las voces de los que comenzaron a pasar sobre
las tres de la mañana, cuando ni siquiera habían puesto el camino, como los
destellos de las frontales acabaron con una noche de puro trámite en la que
cada cual dormitó abrazado a sus respectivas inquietudes.
Al fin, casi
agradecemos el follón y nos levantamos cuando se hacía de día, desayunamos un
poco de leche con algo de mojar, montamos las mochilas y nos echamos al camino
con gentes que iban por delante y por detrás. Son las seis de la mañana.
Rosa llevaba un
jersey de lana, unos pantalones tiroleses de pana, medias y gorro también de
lana y un anorak fino, Gabriel y Rosa llevaban pantalones de pana, calcetines
de lana con botas y unos chubasqueros y yo llevaba un jersey fino y unos
pantalones de pana con un chubasquero que ni siquiera me puse y una gorra,
además nuestros bastones de boj. La comida y el agua así como la ropa que nos
quitábamos iba en tres mochilas.
Del camino hacia
el Portillón Superior que no había que buscar sino seguir a los de delante,
recuerdo muchos bolos de granito y que subíamos sin problemas pues teníamos
costumbre de caminar, era una capacitación que nos venía de serie. No sé por qué llevando a nuestra izquierda la
Arista de los Portillones pasamos de largo el Portillön Inferior y sorteamos
alguna mancha de nieve adelantando gente, tenemos tanto temple como
inexperiencia en la montaña a pesar de ser medio montañeses.
Los Ibones de Paderna
y la Renclusa se quedan muy abajo y por delante aparece el Glaciar de la
Maladeta, nos dirán.
Charlábamos con la
gente y en algún momento coincidimos con un montañero catalán que conocía el
terreno y con el que llegamos al Portillón Superior.
- ¡Ese es el
Aneto!
- No jodas, ¡Ese…!
Nosotros creíamos
que sería algo que requiriera un impagable esfuerzo y lo teníamos allí mismo.
Nuestro
acompañante invitó a las chicas a una
rodaja de limón con un terrón de azúcar como si fuera un elixir mágico y
compartimos un poco de chocolate. En algún momento tuvimos que avisar a uno que
llevaba piolet y que nos recriminó con incierta autoridad por no llevar
materiales adecuados, que cuidara que nos iba a sacar algún ojo, pero sin más.
A Rosa, sus cletas
nuevas le estaban cobrando el peaje en forma de ampollas pues siempre ha tenido
los pies delicados para las botas, pero de cualquier forma pisamos hormigas
sobre el glaciar sin problemas, un glaciar que se extiende a partir del
Portillón Superior y que recorreremos en
diagonal sobre una huella que se camina bien pues está bastante pisada.
Atravesamos la
mayor parte del glaciar y nos acercamos a las rocas de la Cresta Oeste hasta
que alcanzamos una deliciosa cubeta de hielo en cuyo fondo azulea una amalgama
divina de hielo y agua. Se trata del Ibón Helado de Coronas y esa imagen no se
me borrará jamás de la memoria.
A
partir de allí la huella se empina un poco pero el sol y las botas de los que
llevamos delante han dejado una huella cómoda de transitar en la que aparecen
escalones en alguna parte un poco más tiesa. Nos plantamos arriba con garbo
Rosa con siete u ocho ampollas.
Del Paso de Mahoma
con la cruz detrás no recuerdo más que nos echamos sin más para pasarlo,
teníamos buenas manos para agarrarnos a esas piedras, no nos importaba gran
cosa lo que hubiera debajo y llegamos a la cima en tres horas y media pues eran
las nueve y media de la mañana.
Nosotros nos
criamos en la calle sin televisión y nuestros entretenimientos eran juegos en
los que habitualmente corrías, saltabas, patinabas sobre el hielo o cualquier
cosa deslizante, trepabas a cualquier árbol o saltabas cualquier pared. Las
chicas solían jugar prácticamente a lo mismo aunque de forma reducida debido a
la tradicional educación recibida. No éramos esquiadores a pesar de que nos lo
habían puesto “a guevo” pero teníamos cierta costumbre en manejarnos con nieve
ya que las nevadas eran frecuentes todos los inviernos. Nuestra amiga Rosa sí
esquiaba algo.
Con
todo ello os puedo asegurar que en el glaciar estuvimos más cómodos y seguros
que otras veces con los crampones puestos, poseíamos una forma física impecable
y no entrenada, teníamos una competencia natural envidiable para ese medio y
con las condiciones de ese día y se había consumado satisfactoriamente la tan
llevada y traída historia acerca de
realizar una actividad montañera sin la superación de los académicos pasos
intermedios.
La
realidad es muy terca y años después también sería el Montbalanc nuestro primer
cuatromil en Alpes adornado con el Maldito en travesía para seguir lloviendo
sobre lo mismo.
Había gente ya y bastantes
que fueron llegando. Calculo que estaríamos algo por encima de las 100 personas,
lo que es una burrada para aquellos momentos, cuando sobre las diez y media o
las once de la mañana se ofició una Misa alrededor de la Cruz, de la imagen de
la Virgen del Pilar y de una imagen de San Marcial que creo que es el Patrón de
Benasque.
Sobre todo contemplamos unos paisajes que nos llamaban poderosamente la atención: los glaciares que rodeaban al pico, el Circo de Coronas, La Cresta del Medio, las Maladetas, el Vallibierna… unas sublimes imágenes que nos siguen acompañando a pesar del paso de los años. Eso era otra dimensión pero no notamos que nos viniera demasiado grande.
Estaríamos en la
cima alrededor de tres horas entre unas cosas y otras; el día estaba espléndido
y recuerdo que estuve en camiseta o con el jersey fino que llevaba y no soy
especialmente caluroso.
Comemos nuestro
bocadillo prefabricado y mapa en mano nos entretenemos contemplando los
alrededores generalmente pedregales enormes y glaciares, unas sublimes imágenes
que nos siguen acompañando a pesar del paso de los años
Luego sobre las
doce y ya de por libre nos fuimos para abajo a ritmo mucho más lento que a la
subida pues a Rosa le estaban matando las sentaduras. Las huellas están algo
deshechas pero no hay problema pues la nieve está blanda.
De nuevo en el
Portillón Superior echamos la vista atrás: allí se queda nuestro Aneto mientras
notamos un cosquilleo en nuestras almas y algo de cansancio que hasta entonces
no habíamos notado. Terminaremos el glaciar con los pies hartos de agua y al
final se nos hará larga la vuelta.
En la Renclusa
recogimos la tienda, reorganizamos las mochilas y nos bajamos al coche, son las
cuatro y media, para volver a Senarta. Comimos un poco, luego Gabriel y Rosa
marcharon de vuelta a Sabi y nosotros nos quedamos en Senarta.
Al día siguiente
subiríamos a Cregüeña pues no era cuestión de desperdiciar un día de vacaciones
ya que no estábamos cansados en absoluto, Rosa con chancletas playeras pues
estábamos que lo tirábamos.
Después hemos vuelto, en media docena de ocasiones al menos y
por diferentes vías, al Aneto pero nunca hemos subido en tan poco tiempo, lo
que me recuerda, en una ocasión, subí desde el Centro de Sabi a Santa Orosia en
una hora y treinta y seis minutos y eso que entonces no había carreras de
montaña.
¡Eramos unas
bestias pardas! De esas a las que, de cuando en cuando, les pasa por la cabeza
eso de que la gente va la montaña de cualquier manera. ¡No hay nada nuevo bajo
el sol!
Ahora, con el paso del tiempo, casi de una vida en la montaña, no dejo de sonreírme cándida y beatíficamente cada vez que recuerdo esta ascensión y en voz baja no dejo de decirme ¡Bravo chavales!








